“Dejalo, no me molesta. Cualquier cosa lo pateamos”, dice mi compañero de asiento. Simpático, pero ¿patear mi bolso? No way. Me pregunto si fue buena idea subirlo, pero pienso que no incomoda y ahí queda. La chica de la izquierda empieza a amamantar a su hija y así seguirá durante todo el viaje, sólo interrumpiéndose por muy breves lapsos. Lo más divertido es el contraste con la mujer que comparte la fila y su rigidez impenetrable.
Ya en Capitán Sarmiento, el único taxista que hay ese día me propone hacer pool y dejarme a mi segunda en la estancia. Acepto. El hombre me cuenta que dejó su Tucumán natal, porque su hijo consiguió trabajo en la fábrica de pollos Tres Arroyos. Es más fácil decirle que sí, que la conozco, que explicarle que soy casi vegetariana. Después del camino de tierra, llegamos a mi lugar de destino: ante mis ojos se abre el verde y el cielo azul. Encuentro la cara conocida y aparecen otras nuevas. Las historias personales sugieren, como un mapa, nuevos recorridos. “Nosotros somos gente de campo”, afirma Walter, el casero, un chaqueño de 23 años, el mayor de nueve hermanos, que, tentado por la droga en Rosario, decidió volver a su lugar de origen. En el centro de Sarmiento, la gente se conoce y se saluda. Se observa al extraño. Todo es novedad. Fabián cuenta cómo las nuevas cosechadoras hacen el trabajo que antes realizaban entre, al menos, tres personas. El campo también expulsa, pienso, y plantea, definitivamente, otro modo de vida, pero cómo podrían ellos vivir fuera de los contornos de esa inmensidad. En la noche reina el silencio, cada sonido se multiplica. La lluvia que acuna y a la mañana el diluvio universal, el cambio de moda (la capa y las botas de goma), los perros buscan refugio en la casa y ese olor único del pasto mojado. Descontextualizar(se), y valorar y volver a elegir, renueva. Lo recomiendo.
Dijeron…