1.
el viento devora
la pared de musgos
una casa casi al costado de la ruta
sus muros caen sobre el verde
y el verde sobre alguien más
dejo que el aire vaya
y vuelva
dejo que vaya
y lleve.

2.
si tuviera que resumir
el momento
diría:
felicidad
y también diría:
cama.

3.
una piel que no se aleja de otra piel
más que para ir al baño
y quizás
allí
tampoco.

4.
quise dormir
tanto
que al despertar ya no estuvieras
y si no estabas
que hubieras vuelto.

5.
tenía una idea acerca de
perder
esperaba
suponía
que perder
era decir ya no estás
y puedo
pero no pude
y perder
fue
lo más parecido a salir del mar
una tarde,
la última tarde
del último día de vacaciones.

De Serie VERANEO por Pilar Almagro Paz. Recomiendo visitar su espacio y agradezco a Fran por compartirlo.

by me, Barrio Chino, Bs As

(+ estilo rompecabezas)

Mi vida, vida mía, mi antiquísima vida,
mi primer deseo mal curado,
mi amor disminuido,
has tenido que volver.

He tenido que conocer
lo mejor que hay en la vida,
dos cuerpos que disfrutan su felicidad,
uiéndose y renaciendo sin fin.

En completa dependencia,
comparto el temblor del ser,
la vacilación del desaparecer,
el sol que azota el lindero.

Y el amor, en el que todo es fácil,
donde todo se da al instante:
Existe en mitad del tiempo
la posibilidad de una isla.

Michel Houellebecq en La posibilidad de una isla.

Era la canción de Regina Spektor y, desde esta semana, es también el tema de 500 días con ella (o 500 days with summer). Me encantó la banda de sonido de la película y, y particularmente, que empezara con “Us“. Aunque hay posiciones encontradas sobre la peli (algunos dicen que es un fraude, otros que decae), yo la recomiendo enfácticamente. Son muchos los motivos, pero guardo el suspenso, por respeto a quienes todavía  no pudieron verla. Así que los dejo en compañía de la cantante en cuestión. “They made a statue of us and put it on a mountain top. Now tourists come and stare at us, blow bubbles with their gum, take photographs of fun…”  

“Dejalo, no me molesta. Cualquier cosa lo pateamos”, dice mi compañero de asiento. Simpático, pero ¿patear mi bolso? No way. Me pregunto si fue buena idea subirlo, pero pienso que no incomoda y ahí queda. La chica de la izquierda empieza a amamantar a su hija y así seguirá durante todo el viaje, sólo interrumpiéndose por muy breves lapsos. Lo más divertido es el contraste con la mujer que comparte la fila y su rigidez impenetrable.
Ya en Capitán Sarmiento, el único taxista que hay ese día me propone hacer pool y dejarme a mi segunda en la estancia. Acepto. El hombre me cuenta que dejó su Tucumán natal, porque su hijo consiguió trabajo en la fábrica de pollos Tres Arroyos. Es más fácil decirle que sí, que la conozco, que explicarle que soy casi vegetariana. Después del camino de tierra, llegamos a mi lugar de destino: ante mis ojos se abre el verde y el cielo azul. Encuentro la cara conocida y aparecen otras nuevas. Las historias personales sugieren, como un mapa, nuevos recorridos. “Nosotros somos gente de campo”, afirma Walter, el casero, un chaqueño de 23 años, el mayor de nueve hermanos, que, tentado por la droga en Rosario, decidió volver a su lugar de origen. En el centro de Sarmiento, la gente se conoce y se saluda. Se observa al extraño. Todo es novedad. Fabián cuenta cómo las nuevas cosechadoras hacen el trabajo que antes realizaban entre, al menos, tres personas. El campo también expulsa, pienso, y plantea, definitivamente, otro modo de vida, pero cómo podrían ellos vivir fuera de los contornos de esa inmensidad. En la noche reina el silencio, cada sonido se multiplica. La lluvia que acuna y a la mañana el diluvio universal, el cambio de moda (la capa y las botas de goma), los perros buscan refugio en la casa y ese olor único del pasto mojado. Descontextualizar(se), y valorar y volver a elegir, renueva. Lo recomiendo.

Fotos mías en La María Paloma.

“Por lo visto, a pesar de todo había algo en mi aspecto, en mis gestos y en mi manera de sentarme y de moverme que delataba de dónde había llegado y a qué mundo tan diferente pertenecía. Noté que me tomaban por un extraño, y aunque debía alegrarme de poder encontrarme bajo el maravilloso cielo de Roma, me sentí molesto e incómodo. A pesar de haberme cambiado de traje, no podía ocultar a los ojos de la gente aquello que me había formado y marcado. Me hallaba en un mundo maravilloso que, sin embargo, no paraba de recordarme que yo era en él un cuerpo extraño”.

Por Ryszard  Kapuściński en Viajes con Heródoto.

Poner límites también es cuidarse.

Hay que bancarse el proceso.

Dos consejos que me dieron en este último tiempo.
Simples, certeros y adecuados.
Quizás parezcan contradictorios, pero no lo son.
Caen como anillo al dedo.

Imagen de Flickr

Un recital de Lisandro Aristimuño para empezar el año y otro para cerrarlo. Una convocatoria gratuita a cielo abierto y la presentación del nuevo disco en un show más íntimo. Y la compañía de amigos, claro. Se siente como cerrar ciclos. En el video canta “Hojas de camino” en la radio La Tribu.

Agua de río
luna mojada
se desprende de tu alma
como hojas de camino .
Canta tu sueño
sol de mañana
se desprende de tu alma
como hojas de camino .
Danzando tus amores
se tranquiliza el invierno.
Danzando tus pasiones
se movilizan los cuerpos.

Murakami te atrapa y no te deja ir. Sin darte cuenta, te quedás leyendo hasta las cuatro de la mañana por puro placer. No querés terminarlo pero sabés que a lo último te va a sacar una sonrisa, porque ya está adentro tuyo, forma parte de vos.
No es necesario que le pregunten a Watanabe si su intención es hablar como el personaje de El cazador oculto para que Salinger sea una referencia ineludible (“Sin duda un médico, les explicaba a un joven con gafas de aspecto neurótico y a una señora de mediana edad con cara de ardilla el efecto de la ingravidez por la secreción de los jugos gástricos”); ni que Tropa de Asalto sea su compañero de cuarto (“A veces tartamudeaba y a veces no, pero cuando se trataba de la palabra ‘mapa’ tartamudeaba el cien por cien de las veces”); ni el ir y venir de sus miedos, indecisiones y deseos (“Siempre he tenido cuidado de no herir a nadie. No tengo la menor idea de cómo he caído en este laberinto”); o su sensibilidad (“Hay personas  a quienes quiero comprender y que quiero que me comprendan. Hasta cierto punto, pienso que es inevitable que el resto de la gente no lo haga”).   
Me gustó eso de que “las mujeres de este libro son hermosas por hipersensibles, inadaptadas y freaks”. Lo comparto. Diría que son, todos ellos, personajes oscuros, pero con luz (“Las cosas fluyen hacia donde tienen que fluir, y por más que te esfuerces e intentes hacer lo mejor posible, cuando llega el momento de herir a alguien lo hieres. La vida es así” o “Estábamos vivos y teníamos que preocuparnos por seguir viviendo”). Me atraen esas personas.

Cuando uno termina un libro como este, siempre aparece la misma pregunta: ¿Cuál será mi próximo Tokio Blues? ¿Lo encontraré?

Gracias a la Flia. Santkovsky por el préstamo (no hubiese sido igual la lectura sin el “y se amaron para siempre” escrito al final en lápiz) 

tokio blues

Que risa…

pìtt

by Liniers