“Es bien sabido por mujeres con sentido común, preparadas, inteligentes que la visita a nuestra ginecóloga/o debe ser el espacio para poder sentirnos cómodas, poder deshacernos de dudas, aún de aquellas que quizás nos pueden parecer difíciles de hablar con alguien que no pertenezca al círculo más íntimo de afectos.
Pero no siempre se establece ese círculo de confianza. No siempre somos bien aconsejadas. No nos han cuidado lo suficiente. No nos han ayudado a vivir nuestra vida sexual bien informadas y en forma plena.
Por esto y por todas las veces en las que hemos sido víctimas de maltratos diversos va este post, escrito en colaboración con Carla York, acerca de un caso 100% real que le pasó a una amiga.
Hace 4 años que Polly va a su ginecóloga. Ella es, además, obstetra, y Polly la eligió también por eso, teniendo en cuenta su gran deseo de ser madre en el futuro. Recomendada ampliamente por su grupo de conocidas de Barrio Norte ella seleccionó una doctora mujer con quien anhelaba establecer lazos de confianza duraderos.
Cuando la conoció, Polly había concluído recientemente una triste historia con un andaluz, breve, intensa y que le dejó muchas cicatrices. Antes de él, Polly creía en el amor para toda la vida, en casarse de blanco, había tenido pocas parejas y de largos años. Nunca se había atrevido al sexo casual y pensaba que, a diferencia de sus amigas, ella no podía tener sexo con hombres que no fueran su pareja.
Pero el español se llevó a su tierra natal mucho más que la ropa y algunos souvenirs locales. Con él se fue también parte de la creencia de Polly en el amor para toda la vida y la fe en la posibilidad de materializar sus sueños infantiles color de rosa.
En vías de superar esta historia, Polly descubrió durante su chequeo anual que el andaluz había dejado en ella más que heridas: tuvo que comenzar tratamientos para curar ciertas afecciones orgánicas de tipo microbiológicas. De repente se vio, en el medio del duelo, tomando óvulos, pastillas y demases”.
Sigue en Le pasó a una amiga.

Dijeron…