Desde la ventana del cuarto de mi nueva casa se ve el cielo. Se ve cómo las nubes se mueven, cambian de lugar, se deslizan a su ritmo.

Siempre me gustó, en un lugar a cielo abierto, recostarme y detenerme en el movimiento de las nubes. Quizás porque en su giro me dicen que las cosas no son planas ni estáticas; que, por el contrario, el mundo tiene su forma y su tiempo; que hay en él movimiento y es ahí que avanzamos, también cambiando.   

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